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Goldin Moshe

October 25th, 2009

MOSHE GOLDIN©

 

goldinbravo

   Nació en Argentina, y desde el año 1984 vive en Kfar Sabá, ciudad que  hizo suya en el arte y la literatura.  Publicó en periódicos de Argentina e Israel artículos sobre la actualidad israelí y participó en las Antologías de “Los Escritores de Alba” y en “Kfar Saba, Nuevo Amor”, editada por los integrantes de la Peña Brasego.

Escribió siete libros: tres de cuentos y poesías, dos novelas, y ensayos sobre el conflicto árabe-israelí y acerca del calentamiento global.

Utiliza dos seudónimos Sesmo Digol para las poesías y Emegé para separar las diferentes facetas de sus creaciones.

Es miembro de AIELC (Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana)  Integra el “Grupo Literarte” y es secretario de la “Peña Literaria Brasego”.

Fuera de su actividad literaria, es miembro de la Olei, filial Kfar Saba desde hace 25 años donde ocupó en varios períodos la presidencia.

 

 

Hojas de otoño

 

 

Las hojas otoñales

pardas, amarillentas, bordó,

se balancean con la brisa

y al reflejarse en el lago,

duplican su serena hermosura

proyectando la magia

cromática de la naturaleza …

al desprenderse  caen al río

de superficie ondulada,

impulsadas por el viento

navegan lentas, silenciosas,

se alejan flotando apacibles

para lucir su belleza

en otros horizontes…

 

 

Holocausto

 Mi padre recibió una carta, escrita en Yiddish mezclada con palabras rusas. Mientras la leía, brotaban a raudales sus lágrimas. La  releía nuevamente como dudando de las palabras, quise entender su dolor y a mi pedido, la fue traduciendo, hipando en medio de su llanto. Fue la primera vez que lo vi llorar…

 Esa carta, la trajo un inmigrante ruso que llegó a Buenos Aires después de la Segunda Guerra Mundial, recibió el encargo de entregarla en mano, pero tenía la dirección mal escrita y pasaron muchos meses hasta que pudo ubicar a mi padre, averiguando en Amia, y otras instituciones judías.

 La enviaba su hermano menor, único sobreviviente de la numerosa familia, donde relataba lo sucedido en el pueblo: (resumo en parte el contenido)

 “Los nazis detuvieron a todos los judíos de la aldea, hombres y mujeres, llevaron a las chicas más jóvenes a los prostíbulos para solaz de la tropa, y condujeron al resto a los suburbios en los aledaños del bosque. Eran varios cientos. Tuvieron que desnudarse, les entregaron herramientas y les obligaron a cavar una fosa, hasta que vino un tractor con pala mecánica para profundizar la excavación. Luego los formaron en hileras junto al borde, para ametrallarlos fila tras fila hasta que caían al hoyo. Había oficiales observando y periodistas alemanes que filmaban la diabólica operación. ¿Morir por morir? los más jóvenes prefirieron arriesgarse intentando una fuga y decidieron correr hacia la floresta, pero los disparos abatieron a la mayoría. Sólo muy pocos consiguieron internarse en la espesura, -entre ellos el hermano de mi padre, donde vagaron desnudos varios días hasta encontrar a un grupo de partisanos, con quienes convivieron y lucharon hasta el final de la guerra. Agregaba detalles y nombres de los suegros, de los hijos de sus seis hermanos y hermanas, una de ellas embarazada, de los amigos comunes, los vecinos, y de su madre avergonzada tapando sus partes púdicas, de su propia mujer asesinada entre las primeras junto a sus dos hijos, del rabino a quien arrancaron el talit (manto de oraciones) con el que intentaba cubrir su desnudez, mientras los soldados reían y le hacían burlas”

 La carta relataba otros pormenores tétricos que no recuerdo. También mi madre lloraba sin poder contenerse y me miraba detenidamente, como si yo fuera una reencarnación o un fantasma, porque llevaba el nombre de su abuelo Moishe.

 Después de leerla, mi padre buscó la caja de zapatos donde guardaba las fotos color sepia de la familia y las desparramó en la mesa del comedor. Las levantaba una a una, manteniéndolas apartadas para no humedecerlas con sus lágrimas, que fluían sin pausa. Uno a uno los fue nombrando: Shmuel, Sara, Yacov, Hinda, Jaim, Reizele, Moishe, cada tanto se secaba los ojos para observar alguna cara con más detenimiento y los seguía nombrando, David, Sofía, Shloime, Tuvia, Abraham…Fueron minutos patéticos, el ser testigo de su tormento y observar esa escena de una separación trágica. Se despedía de todos ellos con el alma destrozada. Mi padre era Jazzán -cantor litúrgico, y comenzó a canturrear en voz baja el Kadish -oración por los muertos.

 Me tortura la conciencia, porque no fui capaz de acercarme y abrazarlo en su momento de martirio sin consuelo. Quedé acongojado por lo que había escuchado, sin saber qué decir ni hacer, cavilando con angustia que nunca podría conocer ni abrazar a mis abuelos, tíos, primos, sobrinos… víctimas inocentes de un odio criminal… Jamás podría llevarles a ese sepulcro desconocido, una flor o la tradicional piedra del recuerdo… Sólo pensaba angustiado. ¿Dónde, dónde estaba Dios en aquel momento… si es que existe?… ¿No somos acaso su Pueblo Elegido?…

 El árbol genealógico íntegro de mi familia, flotaba en el espacio sin raíces arraigadas en la tierra. Un nudo atenazaba mi garganta por tanto horror. La impresión me dejó alelado. Sentí un gran vacío, al integrarme a la generación de jóvenes, que nunca conoció las caricias de un abuelo. Dentro mío algo se despedazaba, pero no pude llorar…simplemente no pude…. Las lágrimas inundaban mi alma… lágrimas espesas y pesadas, sin fuerza para desbordar por mis ojos…

 Durante los próximos días, sorprendí varias veces a mi padre llorando en silencio… mientras acariciaba la caja de las fotos con la mirada perdida…

Sólo años más tarde,  al rememorar esas imágenes pude escribí estas estrofas:

 

 Ochenta y siete de los míos…

 

Perturbado escribo versos…

trágicas liras por mi gente…

¡Oh, Señor! ¿Dónde? ¡¿Dónde estabas?!

Tristeza y horror por mis parientes

asesinados sin razón y sin piedad

en los malditos campos de la muerte…

¡Quedé sólo sobre la tierra! ¡Sólo!

como rama extirpada del árbol familiar,

con remembranzas que torturan…

Miro las fotos ya amarillas…

Ochenta y siete almas…

¡Ochenta y siete de los míos!…

Convertidos en huesos quebrados

en ocultas tumbas colectivas

¡Enterrados sin nombre… en Baby Yar!…

Itgadal Veitkadash Sheméi Rabá …

 

Enigma

 

La campanilla taladraba mis tímpanos. Se interrumpía y se reiniciaba cada vez con mayor claridad. Abrí los ojos y los objetos adquirieron sus formas y colores naturales.

El teléfono repicaba insistente. Levanté el auricular con disgusto. Había interrumpido fantasías en las brumas esfumadas de mis sueños.

 - ¡Hola!… ¡Hola!… ¿Quién llama?…

Nadie respondió en el otro extremo de la línea. Colgué contrariado.

Conté las campanadas del reloj de péndulo de la planta baja. Era medianoche. Estaba despabilado y me dominaba un extraño sentimiento de angustia.

De pronto, me sobresaltó el sonido de una llave que se introducía en la cerradura de mi cuarto. Vivía sólo en la casa. Me levanté sin hacer ruido, tomé la pistola que guardaba en un cajón y con cierto temor me acerqué a escuchar junto a la puerta. El ruido se interrumpió. ¿Sería mi imaginación?

Abrí la puerta con violencia y apunté con el arma, pero no había nadie. Con  cautela bajé las escaleras y recorrí toda la casa. Las ventanas  y la puerta estaban trabadas. Regresé al dormitorio y corrí el seguro.

No podía conciliar el sueño. Con la mirada perdida en la penumbra, evoqué la trágica circunstancia de la muerte de mi esposa, ocurrida un año atrás…

 Era de madrugada. Yo estaba enfermo, transpiraba copiosamente y tenía fiebre muy alta. Mi esposa, bajó a prepararme una taza de té. En la oscuridad y semidormida, tropezó en el primer escalón, rodó a todo lo largo de la escalera y al llegar a la planta baja ya estaba muerta, desnucada.

Desde entonces mi conciencia no me daba reposo. Me sentía culpable y mi pena era constante. Justo hoy se cumplía un año de su muerte y…

 De pronto, volví a escuchar despavorido, que introducían una llave en la cerradura.

Empuñé el arma, giré la traba y abrí la puerta. En el pasillo no había nadie. En el umbral  vi una taza  de té humeante.

Me pareció escuchar que se cerraba la puerta de calle.

Bajé corriendo, encendí todas las luces y grité desesperado:

 -¡Rosa! Espera, no te vayas  ¡Rosa!… – sólo el eco respondió a mis llamados.

En la cocina, una hornalla estaba encendida, seguí buscando ansioso en el salón y en la biblioteca, sin resultado. La casa estaba vacía.

Subí lentamente, abatido y desconcertado. La taza de té seguía en el lugar. Sentí un escalofrío. La levanté. Todavía estaba caliente…

 

 

El retrato

Cuando la renombrada pintora Jeannette Williams intentó suicidarse por segunda vez, la internaron en el hospital psiquiátrico donde yo ejercía como jefe de urgencias.

Al verla quedé impresionado por su belleza. Tenía una  figura escultural y  en sus facciones se destacaban los claros ojos celestes, su nariz romana siguiendo la línea de la frente y los labios carnosos bien delineados. Su cabello renegrido lo usaba cortado a lo varón. Su hermosura era impactante

Redacté la historia clínica, plagada de interrogantes, porque se negaba a responder a muchas de mis preguntas. No quería comentar los motivos de sus conatos suicidas.

A partir de entonces nos comenzamos a ver todas las mañanas. Era introvertida y se deprimía ante cualquier contratiempo. Su estado anímico era muy variable, pero a medida que transcurría el tiempo, mejoraba su humor y la veía más relajada. Caminábamos a menudo por el parque del hospital charlando sobre temas intrascendentes. Poco a poco fui ganando su confianza. Parecía adivinar que me estaba enamorando de ella, lo cual aumentaba su autoestima.  Durante uno de nuestros paseos, la noté como ausente y enfrascada en sus pensamientos. Al preguntarle si algo la preocupaba, me miró fijamente y en una reacción espontánea se abrazó a mi cuello, sepultó su rostro en mi pecho y estalló en un llanto desesperado. La sostuve y dejé que se desahogara. Sin apartarse ni interrumpir sus gemidos, comenzó a relatarme su amargo secreto entre hipos y suspiros.

     Cuando su madre murió, tenía catorce años. Al poco tiempo su padrastro y un hermano de él la violaban reiteradamente. Ese suplicio humillante lo padeció durante varios meses, hasta que reunió coraje para huir y fue a vivir a la casa de sus abuelos, que residían en otra ciudad. A nadie contó su calvario. Se sentía degradada y eludía iniciar nuevas amistades. Se encerró en sí misma. A su pedido, la inscribieron en la escuela de bellas artes y se dedicó con ahínco al estudio pictórico. Los profesores alababan sus retratos y la instaban a presentarse a concursos y exposiciones. Intervino en varias y fue acreedora a premios y menciones. Tenía talento.

Podría haber triunfado en el arte, pero prefirió alejarse de todo y se refugió solitaria en una vivienda que había heredado de su padre, en la ciudad portuaria de Dover. Se trataba de un cómodo y amplio caserón rodeado de un gran parque. Estaba  en las inmediaciones del antiguo castillo sajón ubicado sobre los famosos acantilados blancos. Salía únicamente para comprar provisiones y elementos para sus pinturas. Contrató a una señora viuda que venía cada mañana para cocinar y limpiar, mientras ella creaba en forma compulsiva, como si con ello pudiera paliar su deshonra. Sus cuadros reflejaban  depresión. Dibujaba figuras destrozadas y los colores más utilizados eran los negros, rojos y amarillos fuertes. No encontraba consuelo, la soledad y su humillación, la llevaron en un arrebato desesperado a pretender suicidarse. La salvó la cocinera que la encontró caída en el piso, sosteniendo todavía en su mano el frasco de pastillas…

Al poco tiempo repitió su intento y fue internada en nuestro nosocomio… 

  La mantuve abrazada, hasta que se calmó. Luego de su confesión su conducta cambió. En las semanas siguientes, sonreía y conversaba espontáneamente. Tres meses más tarde le dimos el alta. Cuando le manifesté que estaba perdidamente enamorado de ella, su expresión de alegría no tuvo límites y me confesó que correspondía a mis sentimientos. Decidimos ir a vivir juntos a la casona de la montaña…

Éramos felices, pasaron dos años y nuestra vida transcurría armónicamente. Cuando regresaba del sanatorio me recibía con entusiasmo. Jeannette seguía pintando y me exhibía sus telas con orgullo, pero en su nueva temática, había marinas, flores y dibujaba de memoria retratos míos, que me sorprendían por la fidelidad de los rasgos. Era una excelente artista.

En su paleta aparecían ahora ocres, rosas, verdes y celestes. El amor había logrado el milagro de la transformación.

  El  hospital me envió como integrante de la ayuda humanitaria a Turquía, para prestar apoyo psicológico a los sobrevivientes de los devastadores terremotos que asolaron aquel país. Fuimos destinados a una región montañosa del norte, la llamaba diariamente por teléfono y le relataba aspectos de nuestra misión. Los movimientos sísmicos de baja intensidad continuaban y tuvimos la mala suerte de que se derrumbara el galpón donde guardábamos los equipos de radio y telefonía. Quedaron destruidos e incomunicados con el resto del mundo, pero continuamos realizando nuestra labor caritativa. Mi ausencia se prolongó casi dos meses… 

Al regresar, me informaron la inesperada y trágica noticia. Jeannette se había suicidado arrojándose al mar desde el peñón. Cinco semanas después de mi partida se sintió abandonada y deprimida. En un arranque impulsivo e irracional tomó la trágica decisión.

No se me había ocurrido, que mi alejamiento temporal, podría influir tan negativamente en su carácter. Quedé abrumado y sin consuelo. La amaba profundamente…

 

Permanecí parado varios minutos frente a la casa abandonada. No me decidía a entrar. Los yuyos invadían los senderos y ocultaban las flores marchitas. El silencio, sólo era roto por el constante rumor de las olas que golpeaban contra las abruptas y elevadas rocas de la costa. Traspuse la puerta lentamente. Todo estaba como siempre, sin embargo algo me hacía dudar. Tenía la sensación de estar violando un santuario. Recorrí inquieto las habitaciones. Las paredes estaban cubiertas con las marinas de Jeannette. Subí al desván donde ella había instalado su atelier. Reconocí los olores familiares de las pinturas, los aceites y la trementina. Sobre una mesa se hallaban desparramados los pomos, frascos y paletas. En un rincón frente al ventanal estaba el caballete con una tela en blanco, preparada para iniciar una pintura.

Apoyados en una de las patas, vi dos cuadros terminados ya listos para la capa de barniz. Reflejaban su ánimo desmoralizado. Nuevamente figuras desgarradas con rojos y amarillos rabiosos. Los miré deprimido y melancólico. ¿Por qué acepté la misión sabiendo que ella era tan inestable? La conciencia me torturaba, sintiéndome culpable sin resignación.

Quité la funda al único sillón de la habitación, dejé volar mis recuerdos y descargué mi angustia  con lágrimas de remordimiento…

De pronto, observé aterrado que una de las brochas finas se elevaba de la mesa y comenzaba a colorear sobre el lienzo vacío. No podía creer lo que veía.  Salté hacia delante y en la prolongación del pincel, quise atrapar el brazo que lo sostenía, pero mi mano se cerró en el vacío. Quedé boquiabierto, mi asombro y mi desconcierto no tenían límites, sentí miedo ante lo inexplicable y un escalofrío glacial recorrió mi cuerpo.

En la tela se iban bosquejando los rasgos de una persona mayor, con arrugas y el pelo canoso. Lentamente comenzaron a aparecer letras de color rojo sobre el retrato: una P, luego una E… Esperé el fin del mensaje sin poder apartar los ojos de las palabras. PERDÓN y más abajo, ADIÓS. Estaba hipnotizado y confundido. Al finalizar la escritura el pincel cayó al piso, la pintura roja se extendía y semejaba una mancha de sangre. Volví a mirar la tela y quedé despavorido…

¡Me reconocí en el dibujo!  Fui retrocediendo perturbado y al pasar frente al espejo me vi  reflejado con espanto.

Mi rostro era igual al del retrato… ¡Había envejecido repentinamente!…

 Moshe Goldin©

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