Skudizki Pesaj (Lito)
Pesaj Skudizki (Lito)
Nació en Montevideo, Uruguay, el 26 de junio de 1942. Reside en Israel, desde el 10 de junio 1977. Casado, tiene 2 hijos, 5 nietos.
En Uruguay, fue activista sionista en el Movimiento Juvenil “Hanoar Hazioni”. Egresado de la Escuela de Artes Gráficas. Linotipista en imprentas y diarios locales. Entre ellos: “Semanario Hebreo”, diario “Haint” y “Acción”. Posteriormente se desempeñó como fotógrafo profesional con Estudio y laboratorio propios.
En Israel, linotipista en el diario idish “Lezte Naietz” desde 1977 hasta 1989, fundando posteriormente la Editorial “Dorgraf” e imprenta en Tel Aviv hasta el presente, en la edición de libros, revistas y folletos para instituciones y escritores en castellano, idish, hebreo.
Fundador y activista institucional del Dor Haemshej de la OLEI Central y Dor Haemshej Oavei Idish, en la década de los 80 y 90, contribuyendo con importantes proyectos culturales y literarios. Actualmente Tesorero de la Comisión Directiva de AIELC, segunda cadencia.
Editó en 1993 la revista literaria “Entrelíneas”, período de dos años, patrocinada por AIELC.
Publicó en 2008, dos libros traducidos de la versión original en idish (”Fun a ganz lebn”) al castellano (”Toda una vida”) y hebreo (”Bishvilei hajaim veamash”), de trabajos literarios de su padre Benjamín Z”L, con apéndice histórico, documentación y fotos alusivas.
Participa en un taller literario en Kfar Saba donde reside desde 1978. Escribe narraciones, especialmente relatos y cuentos.
Las creaciones de Lito, manifiestan un sentido humano notable, sin caer en la falsa compasión. Los personajes y temas son presentados con honestidad, equilibrio y gracia.
Alegoría a los botones
Somos los botones elementos de utilidad y lucimiento en la vestimenta durante generaciones. Siempre en pareja, casados con los ojales. Macho y hembra. Ojos que se abren de sus rendijas casi cerradas permiten abrir y cerrar corazones desnudos. Hermetizamos el interior de nuestros dueños anónimos de infinidad de prendas que se apoderan de nosotros. Paraíso oculto de miradas curiosas, sobre todo, de los atuendos femeninos.
“Para muestra basta un botón”. Veamos lo que ocurre. Numerosa y diversificada de múltiples colores y de un común denominador: Casi siempre redondos. Quien nos utiliza, nos esclaviza para siempre.
Los Botinieri, -mi familia de color perla nacarado, luciendo en un grupo de siete-, cosidos en una blusa blanca, inmaculada, transparente, de manga corta. Mi dueña, una joven señorita de buena silueta, gusta tenerme desabrochada hasta el quinto ojal desde el cuello. Lo hace para lucir provocativa sus abultados pechos. Sabe ganarse las miradas de los hombres más distraídos. El contacto con su piel suave y tersa que despide aromas de azahar me hace sentir feliz. Conozco mejor que nadie su interior. El palpitar constante de su corazón que emana amor y cariño. Su alma pide clemencia, bienestar. Palpito sus sentimientos y sus reacciones. Percibo sus anhelos y vivo con ella su vida exterior. Disfruto con ella.
A diferencia de una parienta mía, la de botones oscuros. Enhebrada en una blusa negra, manga larga. Su dueña, muy puritana, conservadora, no acorde con el mundo moderno. Tengo divergencias con ella, porque trato de convencerla que se modernice, que cambie… ¡imposible, nunca cambiará!…
Y el de la familia de botones pardos, cosidos en una camisa color melocotón, cuyo dueño descamisado, luciendo su musculatura bronceada, buscando seducir y provocar con su presencia. El encontronazo de mis ojos-botones con los suyos provoca el desarme total. Nos abrimos de par en par en un siantamén.
Cuando vuelvo a reposar con mi camisa blanca en el vestuario, siempre me encuentro colgado allá arriba, con los botones grises, puestos sobre un típico traje oscuro, a rayas, solapas anchas y saco cruzado, olor a naftalina que me repele sobremanera.
Orgullosos de haber vivido la época de oro, antes de los ritch-rach de los pantalones. Viven con sus nostalgias. La anécdota más notoria era que el viejo traje del abuelo, a veces causaba el ridículo de la gente, porque cuando salía del servicio, distraído, olvidaba cerrar todos los botones de su bragueta. Siempre había alguien que le advertía: ¡Viejo: otra vez dejaste abierto el depósito!
Es hora que ese traje con sus botones grises pase a mejor vida. Ya ni siquiera se ventila ni luce. El mundo pertenece a los jóvenes que viven el último grito de la moda.
Y yo sigo mi vida, con mi nacarada perla, esperando que me saque del encierro, brillando como estrella, en la blusa blanca, impecable, bien planchada, de mi joven ama con su siempre femenina arrogancia.
Por las vías del retorno
Uno de los vagones del tren estaba colmado de soldados. Regresaban del frente, jadeantes y extenuados en pleno calor de un verano riguroso, de fuego apagado de sus aún ardientes fusiles. Sus cuerpos arrojaban un fuerte vaho a antigua transpiración. Flotaba una nebulosa compuesta por el olor a muerte, barro encajado en sus botas, a sangre coagulada de sus heridas. Síntomas de penas y leves alegrías asomaban en sus rostros cansados. Cada uno compenetrado en lo suyo. Cabizbajos, pensativos en la lucha cruenta que vivieron. En un rincón, del último asiento del fondo, estaba sentado el sargento de esa brigada. Solo, pasaba lista de sus soldados, mientras caían apenas de sus ojos lágrimas, era un llanto oculto, por la ausencia de diez de sus combatientes. Quedaron allá, en el campo de batalla. Lucharon como valientes con proezas de heroísmo similar al resto de sus compañeros.
En determinado momento, extrajo de su bolsillo un desgastado y rugoso trozo de papel. Contenía la lista de todos sus hombres. Apuntó todos los ausentes que no tenía a su vista. Mientras lo hacía, no pudo contenerse y se quebró, lleno de dolor y rabia. Estaba roto anímicamente. Había perdido parte de su familia, como hermanos unidos de su brigada. Pensaba también en sus padres y familiares cómo reaccionarían cuando recibieran la triste noticia.
Le llevó tiempo tranquilizarse y resignarse a esa realidad. Pensó para sí mismo: “Los verdaderos hombres no lloran y los grandes héroes tampoco. Debo sobreponerme y no romper la imagen frente a ellos, retomar la función de sargento fuerte”.
Después de varias horas de viaje sin interrupción, el tren se detuvo en el puesto fronterizo. Ahí sus corazones palpitaron aire de libertad, al volver a su tierra originaria. Fue tanta la euforia general que todos, al unísono, se pusieron de pie, erguidos y con emocionada solemnidad entonaron el Himno Nacional. Expresiones de felicidad brotaban de sus fisonomías sucias, barbudas, curtidas , quemadas por el sol.
Al terminar el himno, el sargento se dirigió a sus soldados y les dijo: “Recuerden a sus hermanos soldados que cayeron como héroes; que sus almas, cada uno de ustedes las adopten en las vuestras, pensando que sus espíritus estén ligados en una alianza eterna, aunque no los vean físicamente. Ese será nuestro consuelo, homenaje y muestra de honor a los valientes que fueron…Y, como nosotros, hicieron lo máximo y lograron el supremo objetivo. Defendimos nuestra patria, para vivir libres, soberanos, en paz. Nuestros hijos y futuras generaciones, siempre nos estarán agradecidos. Retornemos a los cálidos hogares, ahora, con renovadas fuerzas, contribuyendo con amor y dedicación, a construir éste nuestro querido y hermoso país un paraíso terrenal y que nunca tengamos necesidad de volver a empuñar un fusil”.
Sentidos abrazos y besos se fusionaron entre todos. Prometieron reencontrarse próximamente y mantener esa amistad de hermanados soldados. Los vagones se marchaban, ahora vacíos.
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LA CORAZONADA
En una de las esquinas de la principal avenida de la transitada metrópoli, solía estar sentado en el suelo, contiguo a una sucursal bancaria, todos los días, a la misma hora, una persona, mendigando. A sus pies, una caja de cartón con algunas monedas dentro, era el típico mendigo. Había tratado de acercarme, pero mis prejuicios me lo impedían. Yo me sentía un hombre exitoso frente a este despojo, tan precario y frágil.
Cubierta su cabeza por una gorra con visera, su mirada dirigida hacia el suelo, su mano izquierda abierta, extendida en señal de recibir limosna de los transeúntes.
Una imagen estática, viva, que no pasaba desapercibida ante mis ojos, en mis habituales caminatas. Al verlo todos los días, me consumía la curiosidad de saber algo de él. Tomé coraje y atrevimiento de ponerme de cuclillas en frente para preguntarle lo que me intrigaba.
– Me da pena verte así. Decime ¿por qué estás tirado de manera permanente?
El mendigo encorvado levantó la cabeza y con expresión abatida me respondió en un buen hebreo con acento ruso:
– La vida me llevó a esto, estoy solo en este mundo, abandoné mi familia, mujer e hijos en Rusia. Soy un inmigrante fracasado. Quise trabajar en mi profesión de ingeniero y no pude. Obstáculos burocráticos me lo prohibieron. Decían que tengo un desequilibrio mental. En todos lados me cerraban las puertas.
– Lamento esto que me contás. ¡Te ves joven y fornido! Entonces, podrías hacer alguna otra cosa, lo importante es ganarse la vida decentemente.
– Déjame. Ya no hay solución. Un infortunado destino me llevó a lo que soy ahora. He perdido el honor, caído en el desprestigio.
– Pienso que una persona como tú, de una positiva formación profesional e instruida, no debe dejarse llevar por las corrientes de aguas turbias, insistí. Yo procuraré ayudarte. Que encauces tu vida, navegando en un río de aguas limpias, arribando a buen destino.
Me iluminó enseguida un pensamiento. Me acordé de un buen amigo vinculado a la política que me debía favores, y lo llamé de mi celular. Le expliqué mi inquietud sobre este caso y si podría hacer algo. Asintió sin titubear. Me alegré.
Al otro día, un vehículo del Ministerio de Rehabilitación Social vino a recoger al pordiosero. La intervención de mi amigo hizo efecto.
Días después, me comunicó que el pordiosero, ya estaba ubicado en una comuna, que agrupaba gente desvalida, perdida y desorientada.
Éste pasó exámenes de salud y síquicos. Un tratamiento adecuado lo rehabilitó para estar preparado para trabajar en su profesión, luego de una reválida de un curso intensivo.
En mi fuero íntimo, estallaba mi alma de felicidad. Sin querer, esa corazonada, había logrado salvar a una de las muchas personas perdidas y abandonadas en esta jungla humana que vivimos.
A la mañana siguiente, en el mismo lugar había una pobre mujer de unos quince años con un hijo en los brazos en señal de desconsuelo. Sonreí.
Pesaj (Lito) Skudizki©
—————————————————————————MATÍAS EZEQUIEL PETASNY NACIÓ UN 13 DE AGOSTO DE 1987 EN LA CIUDAD DE BAHÍA BLANCA, PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ARGENTINA. FINALIZÓ SUS ESTUDIOS PRIMARIOS Y SECUNDARIOS EN SU CIUDAD NATAL AL MISMO TIEMPO QUE SE DESEMPEÑO COMO MADRIJ (EDUCADOR NO FORMAL) Y SHELIAJ TZIBUR (ENCARGADO DE DESARROLLAR RITUALES RELIGIOSOS). LA CONTINUACIÓN DE SUS ESTUDIOS TERCIARIOS EN EL PROYECTO MELAMED Y SUS EXPERIENCIAS COMO EDUCADOR TRASCENDIERON SU LOCALIDAD Y LE BRINDARON LA OPORTUNIDAD DE CRECER EN OTRAS CIUDADES Y PAÍSES. ACTUALMENTE ES ESTUDIANTE DE EDUCACION Y RELIGIONES COMPARADAS EN LA UNIVERSIDAD HEBREA DE JERUSALEM.
ESCRIBIO ARTICULOS PARA REVISTAS COMUNITARIAS, COMENTARIOS DE LA PARASHA (LECTURA SEMANAL DE LA TORA), Y POESIAS QUE FUERON PUBLICADAS EN BCI 2008 ANTHOLOGY.
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